CLAUDIO

Luis Ignacio Palacios 20/10/2017 Comentarios
CLAUDIO

Perteneció a la estirpe de los González Ibarra, hijo de Epitafino «Pifas» uno de aquellos pro hombres que antes de los años cincuentas del siglo pasado, levantaron a Nayarit y lo convirtieron en el mayor emporio agrícola de la república; nunca como entonces se tendrá centrales de maquinaria como entonces, caminos sacacosechas que hicieron de nuestras planicies costeras y del altiplano, un territorio ubérrimo; sin banco rural, ni anagsa,.

Todos ellos heredaron una mísitica, una condición de vida que se traduce en convertirse  seres socialmente necesarios, el reducto familiar como la riqueza y el orgullo de llevar el apellido; Claudio fue un hombre que llevó con dignidad y talento los apellidos que honraron su fructífica existencia.

Ser condiscípulo de Octavio en la secundaria, nos llevó a varios de sus amigos a su enorme casona, que iba de la Durango a la Puebla; el mítico castillo que era visto a leguas a la distancia por su singular tamaño y estilo con que fue construído; en uno de sus espacios del jardín, le permitieron a Octavio hacer una canchita de fut bol, era una delicia, jugar el futbolito en canchita empastada.!

Su hermana Charis atisvaba nuestros juegos, y Octavio la corría, era cosa de chavos,veíamos a sus hermanos grandes, a sus padres, era un singular privilegio de nosotros incursionar por aquella mansión; mi abuelo José Beas que trabajó como responsable de los talleres del gobierno estatal, me contó de la importancia de los González, en las actividades productivas de lo que escuchábamos que era «la costa de oro».

Crecimos, nos fuimos a estudiar fuera del terruño, regresando a mediados de los setentas, hice una fuerte amistad con Alberto, el hombre que tiene el mayor conocimiento y cultura del patrimonio agropecuario de Nayarit, conoce al dedillo datos, estadísticas; en todo estudio, proyectos y discursos que imponga datos económicos, siempre tengo en el ingeniero al amigo capaz que  me auxilia con su talento.

Ahí, luego que el Toto y cuñados construyeron la cancha de tenis al fondo de su privada,  conocí a Claudio, en variopinto momentos nos encontramos junto al sibarita perpetuo que es su hermano Fernando, ahora destacado doctor en medicina -catedrático ejemplar en la UAN-   que se fue a radicar a Villa Hidalgo para levantar la casona que fue el centro de operaciones agrícolas de Pifas.

En Claudio, siempre ví la decencia personificada; un hombre grave y serio que siempre se tomó con enorme responsabilidad su papel como hijo de tal estirpe; como empresario, como esposo y padre generoso; tuvo una vida social de enormes reconocimientos en este Tepic que paulatinamente se fue transformando en lo que ahora es; muchos de los hijos de aquellas familias tradicionales que le dieron prez a la economía de la entidad ya no regresaron del Tec de Monterrey, de la ciudad de México, de otras universidades en USA o Europa; el patrimonio histórico de aquellos tepicenses, se diseminó por el mundo.

La simiente de Claudio, fué prolífica, tuvo la dicha de disfrutar a sus hijos y a sus nietos; ha coronado su existencia en el encuentro con la muerte anunciada; el flagelo de esa enfermedad que pareciera se hace endémica en nuestros lares, lo postró sus últimas semanas en el lecho familiar.

Ha partido al eterno oriente, estoy cierto de que los dioses buenos lo han recibido como se merece, el barquero que lo llevó a su nuevo sitial, sin duda no le pidió el óbolo para cruzar el río Aqueronte; Claudio se fue acompañado por la oceánica riqueza que le han prodigado el cariño y el afecto de los suyos y de los muchos amigos que deja en esta existencia.

Quedará para siempre el espacio en la mesa de dominó,  de sus amigos de siempre…

En el Club Campestre ya no lo veremos; ya se está poniendo de acuerdo con Polo Romano para buscar un campo de Golf con fairways espléndidos, donde la bola siempre permanece, y los registros de sus rondas, siempre serán «sin cuenta»…

Estoy cierto, de que Claudio en sus últimos momentos de existencia meditó sobre la incertidumbre de la hora de su muerte, y debió de haber captado la inmortal e infinita naturaleza de la mente humana; anoche, ante su féretro, abrazando a Octavio, a Alberto; a su esposa, pude percatarme en ese altar de corazones en que se convirtió el velorio de mi amigo ido, que la muerte no es deprimente ni seductora; es sencillamente un hecho de la vida, el acto final con el que cada quien corona su vida.

Claudio, lo hizo de manera espléndida.., que su viaje le sea leve…

 

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